25 AÑOS DANDO LA BIENVENIDA A PERSONAS MIGRANTES Y REFUGIADAS AFRICANAS SUBSAHARIANAS EN MADRID

Fabiola Barranco (@FabiolaBarranc1)

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Voluntarias de Karibu organizando el banco de alimentos de la ONG. Madrid. OLMO CALVO

Karibu, que significa bienvenido en suajili -una de las lenguas más habladas en el continente africano-, es el nombre de la ONG, que cumple un cuarto de siglo dedicándose a la atención y acogida de personas procedentes del África Subsahariana, en Madrid.

El inicio de esta trayectoria comenzó ante la necesidad de actuación tras la muerte de una persona de origen africano que vivía en situación de calle en la madrileña Plaza de España, a principios de los 90. Según explica Antonio Díaz de Freijo, director de la organización, “esa desprotección y abandono, llamó la atención a un número de personas, que en aquel momento teníamos una sensibilidad africana y nos dimos cuenta de que este colectivo no tenía ningún apoyo, ni punto de encuentro. No se trataba de enterrar a aquel muerto o de llevar mantas, sino de que hubiera alguien que se preocupara de darles información y atención para su integración”.

Aquel espíritu de recibimiento, se mantiene activo a día de hoy, además, Karibu ha sido testigo, y parte implicada, del propio desarrollo de la inmigración en España. “En los 90 era muy difícil asumir en la vida de los españoles la presencia del inmigrante africano por falta de conocimientos hacia este colectivo, especialmente hacia la mujer africana”. Dos décadas más tarde, según opinan en Karibu, ellas “han ganado esa batalla y tiene un sitio y reconocimiento”.

La experiencia de estos años, coloca a los que estuvieron marcados por la crisis económica que a tantas familias afectaron, como “momentos muy malos para la inmigración. Todo se derrumbó para la gente que vivía íntegramente en nuestra sociedad, porque no sólo perdían el trabajo o la documentación; también la integración y se veían obligados a empezar de cero o marchar. A esto va unido que los africanos no tienen posibilidad de retorno, lo que agudiza la inestabilidad”, argumenta Díaz de Freijo.

Otro hecho que afectó de manera negativa a la población migrante, fue la entrada en vigor del Real Decreto Ley 16/2012, que excluía de la sanidad pública a miles de personas en situación irregular.  Cuyos efectos se notaron en el centro sanitario que gestiona Karibu y ofrece asistencia médica gracias a 72 voluntarios, donde las consultas en esa época aumentaron un 40% de lo habitual.

“Muchos africanos y madrileños conocen a Karibu como una parte de África instalada en el corazón de la ciudad”

El amplio abanico de servicios que Karibu pone a disposición de las personas que cruzaron las fronteras del continente vecino, ya sea por motivos laborales, por razones políticas y sociales, huyendo de guerras, persecuciones o fuertes vulneraciones de los derechos humanos, convirtieron a la ONG en Entidad de Utilidad Pública desde el año 1991.

La asociación dispone de cuatro centros para personas en situación de especial desprotección, como mujeres embarazadas, familias monoparentales o menores no acompañados; así como de banco de alimentos y ropero. Al mismo tiempo, imparte numerosos cursos de formación y alfabetización, ofrece orientación laboral y asistencia jurídica gratuita, organiza actividades lúdicas y educativos para apoyar a los niños y jóvenes en Madrid. Éstas son solo algunas de las prestaciones de Karibu, que se ajustan a las demandas de quienes requieren de ellas.

De los más de 260 voluntarios que hacen posible esta red de acogida en la capital, un grupo de ellos realiza visitas de acompañamiento a las personas inmigrantes internadas en el CIE de Aluche, para brindarles apoyo y mediación con abogados. Una presencia que, además, recaba testimonios que sirven para denunciar las irregularidades en el centro, facilitar los procesos de liberación y elaborar un informe anual sobre la situación de los subsaharianos en este centro de internamiento.

Haciendo balance después de 25 años de su fundación, muchos africanos y madrileños conocen a Karibu como una parte de África instalada en el corazón de la ciudad, a pocos metros de la Glorieta de Cuatro Caminos. Un lugar de referencia que sobrepasa fronteras, ya que como recuerda Díaz de Freijo, “hay muchos que llegan en patera o saltan las vallas y vienen con la dirección de Karibu en el bolsillo”. Tienen un lugar donde son bienvenidos.

Así lo siente Prince Didier, un joven senegalés que cuando llegó a España en el año 2008, conoció la asociación a través de su primo. Cuenta que durante tres meses pudo viajar en transporte público gracias a la ayuda de la organización. Fue también en Karibu donde aprendió el idioma. Pero si hay algo que ha conquistado a este joven, han sido sus años como voluntario en el grupo de Karibu Niñ@s y Jóvenes, donde encontró “una segunda familia” y se formó como monitor.  “En una palabra, Karibu es mi mentor”, así resume Prince la huella que la organización ha dejado en su vida.

 

 

 

*Este artículo fue publicado en el número 1000 de la Revista21

EXPECTACIÓN FRENTE AL 26J EN LAS CALLES DE EL AAIÚN OCUPADO

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Teresa Rodríguez y Pablo Iglesias junto con el desaparecido Mohamed Abdelaziz, en Madrid en 2014. A.E.

AHMED ETTANJI/ EL AAIUN

FABIOLA BARRANCO/MADRID

La huella del paso de la metrópoli en el último territorio pendiente de descolonización en el continente africano, sigue presente. Con la caída del sol, se rompe el ayuno del ramadán y poco a poco, el bullicio toma protagonismo en las concurridas calles y cafeterías de El Aaiún, la capital del Sáhara Occidental bajo ocupación del Reino de Marruecos.  Estos días, la gente no sólo habla de los últimos partidos de la Selección Española de fútbol en la Eurocopa, ya que uno de los temas más discutidos en las conversaciones de los saharauis, apunta a la expectación que genera la cita con las urnas el próximo domingo en España, una de las más mediáticas y esperadas en la historia de la democracia española.

“Es un asunto que nos interesa mucho porque tiene que ver con el Sáhara”, declara Ahmed Haidar, un vecino de El Aaiún. Haidar parece estar al tanto del sentir de los españoles, y considera que “están hartos del bipartidismo, por eso llegó la ola de Podemos, para rompero con estos polos tradicionales”. Este joven, que confiesa ser seguidor de las encuestas y noticias sobre las elecciones en España, además se siente cercano al grupo que lideran Pablo Iglesias y Alberto Garzón,“Unidos Podemos es un movimiento juvenil, que me representa como parte de una generación de cambio”. Mientras que se muestra desconfiado ante las posturas de otros políticos, debido a la “traición de los gobiernos de Felipe González, Aznar, Zapatero y Rajoy”.

Hmad Hamad, reconocido activista saharaui con documento de identidad español, es otro de los saharauis que siguen todo lo que ocurre en torno a las elecciones generales del 26 de junio, a pesar de estar a 2000 kilómetros de distancia del Congreso de los Diputados de Madrid. “No confío absolutamente en ningún político español. Todos hablan de intereses económicos con Marruecos cuando hay que tratar la cuestión del Sáhara, pero eso no es válido porque si quisieran, gozarían de muchos más intereses con el Sáhara Occidental que con Marruecos”, explica Hamad. Además, al igual que su compatriota Haidar, lamenta que nuestros representantes, “cuando llegan al poder cambian su postura y dan la otra cara de la moneda”.

Aun así, considera que es “IU el único partido que ha estado siempre del lado de la lucha del pueblo saharaui”, y espera que, en estos comicios en el que el histórico partido se presente en coalición con Podemos, “sea cierto que reconocerán la República Árabe Saharaui Democrática”, como así lo hacen 83 países en el mundo.

Pero este interés electoral, también surge a la inversa. Las formaciones políticas son conocedoras de la solidaridad de buena parte del electorado español, que apoya al pueblo saharaui y recuerda la responsabilidad del Gobierno de España con la ex colonia. Por ello, la mayoría de los partidos, dedican unas líneas en sus programas a la cuestión del Sáhara, muchas veces consideradas como declaraciones de intenciones no cumplidas.

En esta ocasión, en el programa conjunto de Podemos e Izquierda Unida, 50 pasos para gobernar juntos, puede leerse en el punto 48, un compromiso “con la libre determinación del Sáhara Occidental. Por otro lado, el extracto del programa del Partido Popular, sobre la cuestión del Sáhara coincide con el que presentaron en diciembre, y aseguran que “continuaremos defendiendo una posición en la que se mantenga el papel central de Naciones Unidas y una vía dialogada para la solución, sobre la base de los parámetros establecidos por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, una solución política, justa, duradera y mutuamente aceptable que prevea la libre determinación del pueblo del Sáhara Occidental en el marco de las disposiciones conformes a los principios y propósitos de la Carta de Naciones Unidas, animando a las partes y países vecinos a avanzar el proceso”. Una voluntad que dista radicalmente con su actitud durante el periodo legislativo, marcado por la venta de armas a Marruecos y apoyar los acuerdos pesqueros que suponen el expolio de los recursos naturales en el Sáhara.

El PSOE también cita en su programa, “Promover la solución del conflicto de Sáhara Occidental a través del cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas que garantizan el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui. Esto facilitará el diálogo entre Marruecos y Argelia y favorecerá una mayor integración, desarrollo y estabilidad en el Magreb. España impulsará el seguimiento del respeto de los derechos humanos, tanto en el Sáhara Occidental como en los campos de refugiados de Tinduf”.

De los cuatro partidos mayoritarios, es Ciudadanos el que no ha dedicado ningún espacio a la cuestión del Sáhara en su Programa de Gobierno, aunque seis meses antes sí lo hizo.

 

AMAL, LA ESPERANZA PARA LA GENERACIÓN PERDIDA EN SIRIA

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Alumnos y alumnas de Amal, la escuela en campamentos de desplazados en Siria

FABIOLA BARRANCO @FabiolaBarranc1

“Hay niños que con ocho o nueve años nunca se han sentado en un pupitre porque llevan años moviéndose de un lugar a otro sorteando las bombas que caen en Siria”. Así explica Amer Hijazi, presidente de la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio (AAPS), uno de los motivos que ha llevado a la organización a crear el proyecto Esperanza por Siria, que trata de llevar la educación allá donde la guerra se empeña en enterrarla.

“Detectamos que era una necesidad preocupante que los niños no estuvieran escolarizados, y había que evitar una generación perdida”, dice Amer con una emoción que no puede contener al ser consciente de que han logrado dar respuesta a esa emergencia, aunque sea a alguno de los 2.4 millones de menores sin escolarizar que hay en el país mediterráneo.

Y el primer paso de este ilusionante plan, se llama Amal (esperanza en árabe). Es el nombre de la primera escuela levantada en el campamento de desplazados de Al Rahma, cerca de la zona rural de la devastada Alepo, donde se asientan alrededor de 3.000 desplazados internos. Por el momento, la zona se libra de los bombardeos, aunque, “en Siria no hay ningún lugar seguro y, lamentablemente, la población civil sigue siendo objetivo de ataque”, señala Amer.

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Alumnos y alumnas de Amal, la escuela en campamentos de desplazados en Siria

Cabe mencionar que, según un informe elaborado por Save The Children, 4000 escuelas dentro de Siria han sufrido ataques en los últimos cuatro años. Un ejemplo más de la desprotección que inunda los primeros años de vida de los niños en el país, y que trae consigo consecuencias tan preocupantes como un alto riesgo de padecer enfermedades mentales.

Un peligro que no se ignora, aunque “después de más de cinco años, la gente siria lo ha adaptado a su cotidianeidad, pero no permiten que las bombas paren la vida”, según recalca Amer. Y una forma ejemplar de supervivencia y lucha por el futuro y la paz, es la educación. Por eso, durante meses, la AAPS ha recolectado material escolar a través de donaciones de particulares y de colegios españoles, que viajaron hasta Siria para dar sentido a las tiendas de campaña convertidas en una escuela que desprende esperanza.
Todos esos pupitres, libros, lápices, etc. donados por la AAPS, se estrenaron el 14 de mayo. Una fecha que seguramente, alumnos y profesores no olvidarán nunca, porque como el propio director del colegio, Mohamad Alskaf, apunta, allí darán “los primeros pasos para empezar a ir hacia la vida, el conocimiento y el futuro de Siria”.

En el poco tiempo que lleva en marcha el funcionamiento de la escuela, los alumnos se muestran contentos e ilusionados, porque todos han soñado con sentarse en un pupitre y aprender. Un interés en la formación, que siempre ha estado latente en la sociedad siria antes del conflicto y que se resisten a perder.

Pero Amal no es el objetivo final, la educación no tiene límite. La esperanza tampoco. El modesto equipo de voluntarios de la AAPS siempre ha estado atento a las demandas que llegan desde Siria. En los primeros estallidos del conflicto no dudaron en apoyar a su gente. Cuando llegó el frío respondieron con mantas. Cuando el hambre se apoderó, toneladas de comida desde España trataron de saciar los estómagos vacíos. Ante las ofensivas a hospitales, recolectaron material sanitario. Así, hasta sumar a sus espaldas cerca de medio centenar de contendores de ayuda humanitaria que aliviaron y alivian el dolor en Siria. Por eso quieren seguir curando las heridas de la guerra desde la educación.

“Llegaremos a todas las zonas donde podamos llegar”, manifiesta Amer, que continúa describiendo las metas de la APPS en el plano educativo. “La idea es conseguir escolarizar a más alumnos en ocho colegios de diferentes campos de desplazados del país, y así devolver y proteger la infancia de los niños”.

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El mundo se tiñe de rojo para recordar que #AlepoArde

 

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FABIOLA BARRANCO @FabiolaBarrnc1

El pasado jueves 28 de abril, un ataque aéreo atribuido a régimen de Al Assad, arrasó el hospital de Al Quds en la ciudad siria de Alepo. Las bombas derribaron el edificio, pero también se saldaron con la vida de 27 muertos. Entre las víctimas estaba Mohammed Wasim Moaz, el último pediatra que quedaba en la zona controlada por la oposición en Alepo.

En respuesta a esta cruel maniobra y otras similares, se activó en menos de 24 horas el movimiento Worldwilde Red Protest, convocando manifestaciones a lo largo y ancho del planeta. Desde Gaza hasta Bruselas, desde Chicago hasta el campamento de refugiados de Eko en Grecia, miles de personas se unen a esta protesta silenciosa y global, en la que el color rojo está presente para representar el color que ha teñido muchas calles de Siria en los cinco años de una guerra que no persiste y que asola al país. Sólo en el mes de abril, según informa el Observatorio Sirio para los DDHH, han muerto 859 personas, de las cuales 143 eran menores de 18 años.

La Puerta del Sol de Madrid, la Plaza Sant Jaume de Barcelona y la Plaza Nueva de Sevilla, fueron el escenario de este evento mundial en el estado español. Una cita a la que se sumaron diferentes colectivos y asociaciones como la Parroquia San Carlos Borromeo de Vallecas, Acción en Red, la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio o Amnistía Internacional.

Deiaa Dughmoch, es uno de los organizadores de la campaña Worldwilde Red Protest, y desde Siria explica para Escribiendo se entiende la gente, que el origen de la iniciativa se debe a “la delicada situación actual en Alepo, donde los civiles están siendo atacados indiscriminadamente todos los días, y la ofensiva en la ciudad ha aumentado considerablemente recientemente”. Los ataques a instalaciones médicas y personal sanitario son considerados como crímenes de guerra. A pesar de ello, se han convertido en una práctica habitual en los últimos tiempos, no sólo en Siria, también en Yemen o Afganistán.
Además, Dughmoch, resalta que a través de este movimiento “se unifican voces de todo el mundo, exigiendo lo mismo: que la ofensiva sobre Alepo se detenga y que vuelva a los términos del alto el fuego”. A la hora de resaltar algún aspecto que el mundo deba saber sobre lo que está ocurriendo en Siria, Dughmoch señala que “el mayor enemigo del pueblo sirio es Assad, y que los bombardeos y los ataques que se están produciendo son por sus fuerzas”, y apunta que entre los sirios “existe un sentimiento general ya que parece que la ONU está más preocupado por llegar a un acuerdo político que ayudar a los sirios, incluso si el acuerdo es en detrimento de los sirios”.

Hassam Kharrat conoce bien el riesgo que supone trabajar en un hospital en Siria. Este joven hispano sirio, que trabaja en Madrid como médico anestesista, viajó en 2013 a la devastada Alepo para unirse al personal sanitario de un hospital de campaña. “Lo que más me llamó la atención es que atendíamos a muchos niños. La mayoría de los pacientes presentaban heridas por francotiradores o de los bombardeos que cometía el régimen”, recuerda de aquel verano en Siria. Ya entonces los centros hospitalarios eran blanco de batalla por lo que “tenían que ser clandestinos”, al igual que las identidades de su personal. “Después de varios días allí, descubrí que los nombres de mis compañeros eran falsos porque si el régimen descubría que estaban curando a heridos, iban a por sus familias”, explica Kharrat.

El peso del dolor que arrastran muchos sirios después de un lustro de guerra, también recae sobre Kharrat, quien recalca que “los sirios no quieren al Daesh, pero tampoco al régimen; lo que queremos los sirios es un estado de derecho y eso no se puede conseguir negociando con ninguno de los dos”.

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Ilustración de la concentración #AlepoArde, en Madrid. Autor: Enrique Flores.

Historias invisibles tras cinco años de guerra en Siria

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Al Yarmouk, campamento de refugiados palestinos en Damasco bajo el asedio. Niraz Saied.

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“El pueblo quiere la caída del régimen”. Ese fue el grito desgarrado que, en 2011, hizo temblar a las dictaduras, que parecían estar enquistadas, desde el Magreb hasta el Mashreq. Después de años bajo la oscuridad de la tiranía y la corrupción de los gobiernos, la ciudadanía se levantó provocando una gran ola expansiva de lucha, que afectó desde El Aaiún hasta Yemen.

El pueblo tunecino, egipcio, libio, siro… exigía pan, libertad y dignidad. Reclamaban democracia y transparencia, tras años de oscurantismo y opresión. Unas consignas que sirvieron de inspiración para otros movimientos ciudadanos a lo largo de todo el Planeta, como el 15M en Madrid u Occupy Wall Street en Nueva york. Además, sacudieron con fuerza el gran tablero del panorama político y geoestratégico internacional.

Cinco años más tarde, se puede decir que ese impulso valiente consiguió la dimisión de Ben Ali y la caída de Mubarak, mientras que, en otros lugares como Yemen, Libia o Siria, han derivado en guerra. Al mismo tiempo el paradigma de la zona cambió, aunque no como deseaban los manifestantes de la Plaza Tahir, en El Cairo, o los que defendieron la dignidad del mártir Bouazizi, que se quemó a lo bonzo en Túnez, o las canciones que nacían de la garganta del bombero y cantante sirio Ibrhim Al Qashush, que en el inicio de la revolución en su país sus melodías sirvieron de aliento para el pueblo, y más tarde fueron motivo de su trágica muerte a manos de fuerzas leales de Al Assad.

En Siria, la lumbre de aquellas ansias de justicia, hoy apenas son cenizas, porque el fuego que ahora hay, es el que cae del cielo en forma de bombas barril que lanza el régimen o las potencias internacionales que intentan sacar tajada del horror. Un combate que se aviva con el sadismo de grupos terroristas como el Daesh, o mal llamado Estado Islámico.

ANHELOS DE LIBERTAD

Se cumplen cinco primaveras sin florecer, pero no por ello se ha esfumado el anhelo de la libertad. Aunque sus voces sean más tenues y haya un interés por apagarlas, existen y merecen ser escuchadas. Tanto dentro de Siria, como en la diáspora, se han creado numerosos grupos civiles que se autorganizan para reconstruir, nos sólo, sus ciudades y pueblos destrozados, también el ánimo de sus habitantes. Un sueño que persiste y resiste desde antes de la actual guerra, ya que aquel lugar del planeta no fue precisamente el edén ni el baladí de los derechos. Cuarenta años de dictadura, impedían que lo fuera.

Hafez Al Assad, el padre del vigente presidente, llegó al poder en 1970 tras un golpe de Estado y estuvo al cargo de la nación hasta que falleció en el año 2000. Durante los casi treinta años en el poder, aplastó a sus oponentes como ocurrió en la masacre de Hama, encarcelamientos en prisiones del terror, como la de Tadmor en Palmira, una zona que el pasado año recobró protagonismo por la difusión de videos del Daesh en los que se podía ver cómo destrozaban parte de las milenarias ruinas declaradas Patrimonio Histórico de la Humanidad.

A base de puño de hierro, Hafez, instauró lo que se conoce como una república hereditaria. Nada más morir el patriarca de los Assad, su hijo Bashar fue nombrado líder del partido Baaz (socialista y panarabista), ascendió a teniente general y asumió el cargo de Jefe del Estado Mayor del Ejército. Una semana más tarde, tras unas elecciones sin oposición se convirtió en presidente.

Durante los primeros años de mandato, trató de aplacar tímidamente la brutal represión ejercida en las décadas de poder de su progenitor. En 2007, el heredero, volvió a ser elegido como presidente en un nuevo referéndum sin opositores, recobrando la dureza del legado paterno, deteniendo a personas sin órdenes judiciales y persiguiendo a kurdos, islamistas o defensores de la democracia. Desactivó foros políticos, vetó a las ONG de defensa de derechos humanos, encarceló a activistas en pro de las libertades y ejerció un fuerte control en las redes, bloqueando portales como Facebook o Youtube. Herramientas que, por cierto, años más tarde servirían para dar a conocer al resto del mundo el cambio que se estaba fraguando en Siria, y que a día de hoy está inmersa en una cruel guerra en la que participan actores internacionales como Rusia, Irán, Francia, Estados Unidos, Turquía y Arabia Saudí; además de otros grupos radicales como Al Nusra o Daesh.

Con aquella antesala, y bajo la estela de las protestas en Túnez o Egipto, el 15 de marzo de 2011, en la ciudad siria de Daraa, al norte del país, miles de personas se lanzaron a la calle exigiendo la liberación de quince estudiantes detenidos por el gobierno tras pintar en una pared un mensaje contrario al presidente Bashar Al Assad. “El pueblo quiere derrocar al régimen”, se podía leer en el graffiti que los jóvenes garabatearon en los muros de su escuela, y que posteriormente fueron torturados y encarcelados.

Las protestas exigiendo democracia y el respeto de los derechos humanos, se extendieron por todo el país. Así explotó la rebelión contra la dictadura heredada, que respondió con arrestos, censura, brutalidad policial y violencia. Sólo en el mes de marzo de aquel año, decenas de personas murieron por disparos de las fuerzas del gobierno en las manifestaciones. Mientras, la oposición se organizó y nació el Ejército Libre Sirio, con el afán de conseguir el cambio. A comienzos del año 2012 la situación se agravó y los bombardeos del cuerpo militar se intensificaron. El contador de muertes no paraba de crecer. Tampoco ahora.

TABLERO DE INTERESES

Cinco años después, en Siria se han sobrepasado los límites de toda lógica. Al Assad sigue aferrándose al poder y a la tiranía, el país sirve como tablero donde las grandes potencias juegan sus partidas de intereses, el fanatismo yihadista campa a sus anchas; y la impunidad y destrucción parecen ser las únicas fuerzas reinantes.

Analizar y diseccionar, tanto el actual contexto de Siria como el futuro, se antoja una tarea peliaguda. La amenaza del Daesh a nivel mundial y la activa participación de países como Rusia, Estados Unidos, Francia o Arabia Saudí, ha forzado a un posicionamiento que se rige por la dicotomía: régimen (que sigue bombardeando indiscriminadamente a la población civil) o Daesh (que está instaurando el terror y salvajismo dentro y fuera de Siria). Esto complica una solución, ya que no contempla en profundidad el ambiente en el que está sumergido el país, ni al abanico de actores participantes contrarios a ambos extremos. Lo que dificulta augurar un mañana y que cuando llegue, Siria vuelva a ser de los sirios.

Tampoco las espeluznantes cifras resultan suficientes para poner fin a esta pesadilla, que afecta tanto a lo humano, como a lo económico y cultural. Se calcula que el 80% de la población vive en situación de pobreza, 250.000 personas han perdido la vida, el 50% de la población está en situación de desplazamiento. Sólo en el primer mes de este año, 30979 sirios entraron por mar en Grecia, para continuar su periplo por las fronteras europeas, en busca de refugio.

El terror trata de arrasar cada resquicio de vida, provocando heridas profundas en la población civil, presa de dolorosas secuelas de la mayor crisis humanitaria después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero ante tanta barbarie y atención puesta en los movimientos geopolíticos o militares, un sector importante de la población siria se esfuerza por mantener con vida no sólo sus cuerpos, también su deseo de alcanzar una Siria libre, donde vivir con dignidad y justicia.

RESISTENCIA CREATIVA

Hace un lustro, la conciencia colectiva explotó.  Antes de la revolución el espacio público estaba a disposición y servicio del mercado y del régimen, pero tras los levantamientos florece la expresión artística y numerosas iniciativas y colectivos que, desde el exilio o el interior, tratan de hacer resistencia civil y creativa. Aunque el precio de este empeño sea caro.

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Aeham Al Ahmad con su piano en las calles devastadas de Damasco. Niraz Saied.

 

Niraz Saied, es una esas personas pacíficas y proactivas, que intenta demostrar que en Siria “se crea vida de la muerte”. Y él lo hace a través de sus fotos. Este joven nació en Yarmouk, un campamento de refugiados palestino en Siria que, tras la guerra, ha sufrido el asedio y el hambre provocado por el gobierno, causando la muerte por desnutrición de unas 200 personas; y desde hace un año, ha caído en las sádicas garras del Daesh. A Niraz se le conoce como “los ojos de Yarmouk”, porque captura a través de su objetivo escenas llenas de esperanza, porque como él dice, “es lo único que te mantiene con vida”. Y explica que allí, “la gente crea soluciones alternativas de convergencia para continuar con la vida, para mantener la existencia y humanidad”.

En sus retratos se pueden ver a niños jugando entre escombros, para no perder la magia de la infancia. O a Aeham Al Ahmad, el músico que salía con su piano a las calles de la devastada Damasco para hacer olvidar con cada nota, aunque fuera por un momento, la traumática situación. Al Ahmad, puso rumbo a Europa este verano cuando encontró su instrumento envuelto en llamas, preso del fanatismo del Daesh.

El testimonio de Niraz fue recogido a través de correos electrónicos, en conversaciones muy profundas y valientes, ya que su amor por la vida y la libertad, lo colocaron en el centro de la diana tanto del régimen como del Daesh. Meses más tarde, fue arrestado por las fuerzas de Al Assad y hasta la fecha se espera su liberación.

Otra emocionante iniciativa, es la que lleva a cabo la asociación Kesh Malek, creada y organizada por sirios y sirias de la diáspora y del interior, que conscientes de que, a pesar de la guerra, sigue habiendo un futuro, trabajan por ello. Lo hacen a través de la educación de los más vulnerables: los niños.

Kesh Malek, que en árabe significa “jaque al rey”, es una metáfora a ese jaque necesario a todo tipo de dictaduras u opresión. Su equipo supervisa y monitoriza nueve escuelas repartidas en siete barrios de Alepo, donde hay 3330 alumnos. Los bombardeos indiscriminados de la aviación rusa y siria, obliga a que los centros estén escondidos en sótanos, donde el vacío de luz natural se suple por otra que ilumina por mucho tiempo, la educación.

H.K, un joven sirio afincado en Madrid, es uno de los participantes de este proyecto que está en marcha desde el año 2011. Él se encarga del diseño de las aulas forradas de colores y mensajes propositivos y de empoderamiento para los pequeños.

“Quiero libertad”, “Reconstruiremos Siria piedra por piedra”, “Quiero a mis amigos”, “Somos el futuro”, “Tengo un gran sueño”.  Esas son solo algunas de las frases estampadas en pegatinas, carteles o paredes, que sirven para adornar estas escuelas que tratan de burlar la muerte. H.K. explica que es importante “resaltar valores comunes de todos los sirios, no las diferencias, que, esas están a la vista”. Por eso trabajan desde la inclusión, ya sea de género, religiosa, o cultural. También insisten en “la oportunidad de ofrecerles más opciones de vida, que -los niños- elijan y sepan que hay más alternativas que ser soldados. Todo, desde una visión para trabajar por una Siria libre”, argumenta. Así, se nutren de herramientas para construir su presente, su futuro, y el de Siria.

MEMORIA COLECTIVA

Otro aspecto importante que alude a la población civil siria, es la cobertura en los medios de comunicación que se ofrece sobre ellos. O mejor dicho, que no se ofrece. En esta media década de conflicto el foco mediático está colapsado por el protagonismo que cobran los temas geopolíticos, así como la propaganda apocalíptica y de terror del Daesh. Una maquinaria que saltó a los focos con el asesinato del fotoperiodista norteamericano, James Foley, a manos del Daesh.

Esto provoca que las historias de resistencia ciudadana, que ocurren a lo largo y ancho del país, así como en la diáspora, se topen con un terrible telón de silencio. Si bien es cierto que, al igual que hace 25 años la guerra del Golfo se convirtió en el primer conflicto televisado en directo, la que acontece en Siria la recordaremos por ser la primera en retransmitirse por internet. Pero la red se convierte en un océano en el que naufraga la información.

Para evitar esa pérdida en la memoria (colectiva), de los sirios y del resto del mundo, en el año 2011 se creó el archivo Syria Untold, que trata de recuperar los relatos e iniciativas populares, como lo que ocurre en las localidades de Bebbila y Yalda, donde la población ha encontrado una solución al bloqueo de alimentos y medicinas que viven desde hace tres años. Y es que han creado huertos en las azoteas de las casas y lejos de los disparos de los francotiradores. Gracias a estas particulares huertas, pueden recolectar tomates, pimientos y berenjenas. Según Abu Farouk, un vecino de la zona, más del 30% de los habitantes se han unido a este proyecto.

Aunque la amenaza de los bombardeos siga presente, la tierra y los frutos, al igual que las personas, también se adaptan a la guerra para seguir brotando.

Esta es una de tantas actividades populares que se recogen en las crónicas de esa Siria no contada, y que se puede leer en su portal de internet en árabe o inglés.

Como la de Akram Abu al-Fawz, un hombre de 35 años y padre de tres hijos, que recoge restos de artillería que se queda en el suelo de la ciudad de Duma, para dibujar sobre ellos preciosas filigranas de arte tradicional sirio combinándolo con el espíritu renovado de la libertad. El resultado son hermosos adornos, y espera que “den testimonio de los crímenes contra la humanidad cometidos en Siria”.

El portal de Syria Untold, es un tesoro, donde hay espacio para todo tipo de narrativas que merecen ser escuchadas y la de Souda Nofal no podía ser menos. Esta profesora de la ciudad de Raqqa, se ha convertido en un ejemplo de la lucha y el activismo dentro de Siria. Participó en el comienzo de las revueltas contra el régimen y después en las primeras manifestaciones contra el Daesh, el grupo terrorista que ha invadido la zona y la ha convertido en su principal bastión.

Su voz y solidaridad no entiende de diferencias ni religión, por eso mostró todo su apoyo a sus vecinos cristianos, masacrados por el grupo terrorista. El espíritu de libertad de Nofal, contraresta con la imposición de banderas negras, de consigas sectarias y la profanación de tumbas de santos cristianos a cargo del Daesh.

Nofal, con sus carteles caseros, cargados de contenidos críticos como “Nuestra revolución fue liderada por gente honorable, y está siendo robada por ladrones”, planta cara al despotismo del Daesh, aunque su vida corra peligro.

Tanto Niraz, como Aeham Al Ahmad, Akram Abu al-Fawz o Nofal, son solo algunos de los miles de protagonistas invisibles, que resisten aferrados a los valores universales de la justicia, dignidad y libertad, humanizando el ambiente que respiran en Siria.

 

(*) Este reportaje ha sido publicado en el número de marzo de la Revista21

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Reconstruir Siria piedra por piedra, desde la educación

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Una de las escuelas de Kesh Malek en Alepo. En el cartel en negro se puede leer “¿Cuáles son tus mayores deseos?”

FABIOLA BARRANCO (@FabiolaBarranc1)

Aunque estamos a las puertas del quinto aniversario del comienzo de la guerra en Siria -una de las más cruentas de la historia reciente-, con el paso de esta media década han florecido multitud de iniciativas civiles que tratan de combatir el horror que inunda al país. Y un vivo ejemplo de ello es Kesh Malek, un colectivo independiente y sin ánimo de lucro, fundado por la sociedad civil siria en defensa de la libertad, justicia y dignidad. Unos valores que en 2011 sonaron con fuerza en todo el mundo árabe.

Quienes forman este equipo, ya sea en la diáspora o dentro del país, son ciudadanos sirios que, a pesar de la guerra, siguen dispuestos a tomar las riendas de su futuro. Y una de las iniciativas para alcanzar este horizonte, rodeado de un mar de escombros, es desde el empoderamiento de la población. Especialmente, a través de la educación de los más vulnerables: los niños.

Kesh Malek, que significa “jaque al rey” en árabe, es una metáfora a ese jaque necesario a todo tipo de dictaduras u opresión. Y la estrategia de esta particular partida, consiste en ofrecer educación para los más pequeños. Para ello, supervisan y monitorizan nueve escuelas de primaria, con 3330 alumnos, repartidas en siete barrios de las zonas bajo el control de la oposición al régimen en Alepo. Una tarea nada fácil, pero muy necesaria, ya que se calcula que 2,8 millones de menores en Siria están sin escolarizar, y en áreas como en las que actúa esta asociación, las matrículas en educación básica han caído del 100 al 6%.

Hayma Alyousfi, miembro de Kesh Malek, describe la esencia de esta iniciativa educativa. “Un grupo de compañeros se encarga de asegurar que los valores del colectivo se están aplicando en las escuelas. Éstos son el respeto de los derechos de los niños, prohibir la ideología política y religiosa y el rechazo a todo tipo de violencia verbal y corporal. Y así, proporcionar un espacio para la creación y el entretenimiento, además de fomentar la libertad de expresión entre los alumnos. Todo ello acompañado por una infraestructura de refugios subterráneos, para intentar mantenerse a salvo de los sucesivos bombardeos de los aviones de Al Assad y Rusia, que tienen como objetivo todos los espacios públicos, incluidas las escuelas”.

Y es que, la amenaza constante de los ataques aéreos, obliga a mantener escondidas estas escuelas en sótanos, donde el vacío de luz natural se suple por otra que ilumina por mucho tiempo: la educación.

En los colegios de Kesh Malek, no sólo se enseña (o aprende) matemáticas y gramática. En estas paredes bajo tierra, también hay cabida para el color, un componente fundamental cuando el paisaje que te rodea es oscuro. Por eso, en septiembre del año pasado, se puso en marcha un proyecto en el que, “desde un espacio de creatividad, se arroje luz sobre la diversidad del pueblo sirio y su identidad, fomentando la tolerancia y los derechos humanos a partir de diseños y dibujos personalizados para cada aula y edad. Convirtiendo las clases en un lugar seguro para niños y profesores que les sirve de escapatoria a la violencia diaria que viven y les garantiza poder expresarse libremente. A través de esas imágenes propositivas -que cubren las paredes sin ventanas, pupitres y pizarras- los niños interiorizan el respeto y pondrán límites a todas las ideologías extremistas”, argumenta Alyousfi.

Otras de las actividades preparadas para los alumnos, que sirven como herramientas para solucionar conflictos y canalizar la rabia y la violencia del entorno, son los grupos de títeres y de teatro. O los exitosos “buzones de opiniones”, que consisten en brindarles la oportunidad de exteriorizar sus inquietudes, desde el anonimato o no, dejando sus mensajes en estos casilleros repartidos en los pasillos y que después se compartirán para tratar de buscar soluciones de una forma colectiva y participativa.

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Diseño de una de las pegatinas para decorar las clases subterráneas. En él se puede leer: “No pares de soñar”

H.K, un joven sirio afincado en España, es el encargado del diseño de estas aulas clandestinas forradas de colores y mensajes proactivos y de empoderamiento para los pequeños.

“Quiero libertad”. “Reconstruiremos Siria piedra por piedra”. “Quiero a mis amigos”. “Somos el futuro”. “No pares de soñar”.  Esas son solo algunas de las frases estampadas en pegatinas, carteles o plantillas de grafitis para que los críos plasmen en los muros, y que se utilizan para adornar estos colegios que, cada día, tratan de burlar la muerte.

H.K. considera que es importante “resaltar valores comunes de todos los sirios, no las diferencias, que, esas están a la vista”.

Por eso, en Kesh Malek, trabajan fomentando la inclusión, ya sea de género, religiosa, o cultural. Con detalles tan significativos como utilizar las lenguas más habladas por las diferentes comunidades que viven en Siria: kurdo, siriaco, árabe, además del inglés.

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Uno de los carteles que forra las paredes de la escuela con “vistas” al mar.

Al mismo tiempo insisten en “la oportunidad de ofrecerles más opciones de vida, que -los niños- elijan y sepan que hay más alternativas que ser soldados. Todo, desde una visión para trabajar por una Siria libre”.

Una misión, y a la vez un sueño, que comparten todos los integrantes de Kesh Malek, quienes creen que, para conseguirlo, “en Siria, habrá que pasar por una refundación, una constitución nueva y una generación que conozca bien sus derechos, crea en ellos y tenga las herramientas para defenderlos”.

La batalla de este colectivo, por promover iniciativas civiles que, como explica H.K. “tanto el Daesh como el régimen quieren aplastar”, sigue en pie, aunque las adversidades sean constantes.  A pesar de que una de las tareas de Kesh Malek es “convencer a los vecinos para que manden a sus hijos a estas escuelas”, denuncian que, “la intensidad de los bombardeos de los últimos meses, perpetrados por el régimen y la aviación rusa, ha afectado duramente al funcionamiento”.

“Todavía no tenemos números definitivos del caos total causado últimamente a las afueras de Alepo. Pero, por ejemplo, en el barrio Al Fardos, han cerrado la escuela por el bombardeo durante tres días sin parar, lo que ha provocado el miedo de los padres y el porcentaje de la asistencia de los niños en febrero fue solo del 15%, además tres profesoras tuvieron que desplazarse de la zona”, se lamenta Alyousfi.

Pese a que, en Alepo, en Siria, el futuro sea incierto, sigue habiendo un resquicio de luz. Una cotidianeidad y “una sensibilidad nueva”, que para H.K. y otros compatriotas, “está basada en el cuidado de unos y otros”. Una visión que cuesta imaginar a este lado del mundo, donde la información que llega del país, está copada por la propaganda macabra del Daesh o las estrategias geopolíticas que se disputan en el terreno. Y provoca que las historias de resistencia ciudadana, como esta, se topen con un terrible telón de silencio.

 

(*) Este artículo ha sido publicado en eldiario.es:

http://www.eldiario.es/desalambre/Escuelas-escondidas-sotanos-Siria-guerra_0_489951822.html

HALA, LA BATALLA DE UNA REFUGIADA PALESTINO-SIRIA QUE SE AMPARA EN EL ACUERDO DE LAS UNIVERSIDADES PÚBLICAS ESPAÑOLAS PARA REANUDAR SUS ESTUDIOS

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Hala, refugiada palestino-siria en Madrid, en el restaurante de su familia en Alcobendas. OLMO CALVO

FABIOLA BARRANCO

Durante los meses de verano del pasado año, el boom informativo puso en el foco un drama que no cesa y que fue bautizó como la crisis de los refugiados. Imágenes como la del pequeño Aylan conmovieron a la sociedad, pero también a algunas instituciones. Tanto es así que, en septiembre, la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas (CRUE) lanzó un comunicado en el que se comprometía de forma explícita a “facilitar el acceso a estudiantes refugiados”.

Desde el Departamento de Comunicación de la CRUE, aseguran que “cada universidad ha lanzado sus propias propuestas de ayuda como facilitar residencias, escuelas de idiomas gratuitas, entre otras.” Pero al mismo tiempo, explican que “no se tienen datos concretos de cuántos refugiados han llegado a España o cuántos están en condiciones de ir a la universidad y nosotros no tenemos más información al respecto”.

Ante esta oleada de buenas intenciones y vacío por parte del Gobierno, que hasta la fecha sólo ha acogido a 18 personas de las más de 16.000 que se comprometió a aceptar, Hala Doudieh, una joven palestino-siria exiliada en España, ha conseguido que estos documentos no queden en papel mojado.

REPRESIÓN DEL RÉGIMEN EN LAS UNIVERSIDADES SIRIAS

Ella misma, que llegó huyendo del horror que asola a Siria, retomará -después de ampararse en las garantías que ofrece la CRUE- en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, los estudios que tuvo que abandonar en la universidad de Damasco. Y todo gracias al apoyo y solidaridad del movimiento estudiantil, a la universidad madrileña y a su empeño personal por recuperar “el derecho a estudiar”.

Esta estudiante está acostumbrada al sabor de la lucha desde la cuna. De padre palestino y madre siria, nació en Al Yarmouk, el campamento de refugiados palestino en Damasco. Un lugar que con el paso de los años se convirtió en un barrio, y en la actualidad se transformó en escombros, fruto del asedio y los ataques del régimen de Bashar Al Assad y la intromisión del Daesh.

Allí creció, estudiando libros de historia marcados por la propaganda en favor de Hafez Al Assad, el padre del actual presidente, que comenzó hace 40 años la agonía del pueblo sirio, inmerso en un ambiente sediento de libertad y que hace cinco años salió a la calle para decir basta.

Un año antes de este histórico estallido popular, la joven encontró cobijo entre tana opresión. Dibujaba y aprendía en la facultad de Bellas Artes de la Universidad de la capital siria. Pero allí, las estrategias represivas del régimen también estaban presente.

“Cuando entras en cualquier universidad en Siria tienes dos puntos de control. El primero es la oficina de seguridad de la universidad, una sala en la entrada custodiada por gente poco formada pero sí muy armada”, explica Hala.  “Por otro lado, están los representantes de los estudiantes de Damasco, que no son ‘tullab’ -estudiantes en árabe-, son ‘mukharabat’ -policía secreta-. Están metidos en nuestras aulas para vigilar. Estás siempre a la vista de ellos, no puedes decir nada, ni hablar nada… si haces algo ellos dan parte y te detienen”.

A pesar de su corto recorrido en la facultad damasquina, estuvo en el punto de mira de las fuerzas de seguridad por ser contraria al régimen. En una ocasión fue señalada como sospechosa por lanzar carteles pidiendo la libertad de otra estudiante detenida por las fuerzas represivas. También recayó sobre ella la autoría de un dibujo realizado por otras compañeras, en el que se podía ver a Bashar Al Assad caracterizado como un asno bajo la leyenda: “llevaos vuestro burro”.

En ambos episodios corrió peligro, pero finalmente la evidencia de su inocencia evitó la detención. Aunque sí que se solidarizó con los compañeros arrestados por estos hechos. “Cuando se los llevaron resistimos en la clase dibujando en nuestros cuadernos sin parar hasta que los pusieran en libertad. Ocho horas más tarde regresaron con la cara y el cuerpo marcado, con señales de violencia”.

RECUPERAR ‘EL DERECHO A ESTUDIAR’ EN MADRID

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Hala, refugiada palestino-siria en Madrid, en el restaurante de su familia en Alcobendas. OLMO CALVO

Aquella etapa quedó atrás. En 2012 Hala llegó a España junto con sus padres y hermano y una semana más tarde viajaron hasta Suecia para retomar allí los sueños atrapados en Siria. Pero la Ley de Dublín devolvió a esta familia solicitante de asilo a Madrid. Después de pasar un año en el centro de refugiados de Alcobendas, abrieron un restaurante en esa misma localidad, donde se puede degustar comida árabe cocinada con el mimo y con la nostalgia de quien añora su tierra, pero sobretodo la libertad.

Al llegar a Madrid, Hala sentía lejana la oportunidad de estudiar “porque no tenía el dinero suficiente” y durante su estancia en el centro de refugiados le aseguraron que “con los papeles que tenía no podía estudiar”. Pero un día, animada por una amiga acudió a la Universidad Autónoma para ofrecer una charla, con la idea de acercar a los estudiantes la realidad que esconden los carteles de bienvenidos refugiados, y demostrar que “un refugiado es una persona que existe, que no sólo tienen que ser gente pobre, gente religiosa, etc.” Y así comenzó su primer paso de batalla en las aulas universitarias de Madrid, derribando clichés y estereotipos, inyectando dosis de realismo, solo con su presencia.

Además, al calor de la primera cita, surgió de manera casi espontánea una campaña bajo el nombre de “Refugiados a la Universidad”, que defiende “la educación gratuita como un derecho de las personas refugiadas en todo el mundo”, con el caso de Hala por bandera.

Tras meses de trabajo de difusión, el pasado 1 de febrero, la estudiante palestino-siria, junto con el apoyo de otros compañeros que pedían su ingreso en la carrera de Bellas Artes sin tener que pagar costos de la matrícula, se reunieron de nuevo con responsables de la Universidad Complutense. En el encuentro, informaron a la joven que “el tema académico está prácticamente solucionado”.

Elena Blanch, decana de esta facultad, ha estado en el seguimiento del caso de la joven. Un proceso que “va para adelante”, en palabras de la decana. Y declara que, “como universidad pública es una obligación facilitar el estudio, además los valores que debemos transmitir son los de la solidaridad y el respeto. Tampoco podemos olvidar que hace poco los españoles también fuimos refugiados”.  Blanch, reconoce que es la primera vez con la que se encuentran con una situación así, y por eso “la Complutense, desde el Vicerrectorado, está mirando un protocolo para el futuro. Estamos aprendiendo todos”.

Por su parte, Hala, asegura emocionada que “no voy a parar, es mi responsabilidad. Yo he empezado con esto y no voy a parar, hasta que consigamos los derechos de los refugiados”. Es por ello que, como un siguiente paso en este camino que acaba de comenzar, propone crear una plataforma que sirva de apoyo y referencia para otras personas que estén en situaciones coma la suya.

Además, anima a todos los estudiantes, ya sean españoles o extranjeros a “pedir que la educación sea gratuita o al menos con tasas más bajas, porque lo que pasa en España es una locura. Todos tenemos que defender las generaciones que van a venir, la educación es una base muy importante de la sociedad”.

Hala, pronto podrá decir que está consiguiendo la difícil tarea de reanudar su vida y sueños en el exilio. Su deseo es claro: “volver a tener las manos cubiertas de pintura y de colores”.

 

(*) Esta historia está publicada en eldiario.es  http://www.eldiario.es/desalambre/refugiada-continuar-estudios-universitarios-Espana_0_482952612.html